La publicidad exterior fue la primera en existir. Mientras que en los medios de comunicación convencionales (radio, prensa, TV, internet) la publicidad es una intrusa en busca de rentabilidad económica y su presencia está relegada a otros contenidos no publicitarios que son los que realmente interesan (noticias, películas, música) y a los que ha de interrumpir, la publicidad exterior forma parte del paisaje de las ciudades y les da vida.
Las características técnicas de los soportes de publicidad exterior y, en concreto, de los monopostes han evolucionado considerablemente y la calidad gráfica que ofrecen está fuera de toda cuestión. Asimismo, las posibilidades para los anunciantes también han experimentado importantes cambios y mejoras: corpóreos, rotulación con lonas reutilizables, retroiluminación para un efecto único en la noche, monopostes con pantallas LED…
El impacto de la publicidad exterior generalmente no dura más de 2 segundos. El mensaje publicitario, por tanto, debe ser claro, directo y muy visual. Dependiendo de las necesidades del anunciante, el mensaje puede ser un precio vinculado a la fotografía de un producto, un eslogan, un argumento de venta, indicaciones de acceso a un establecimiento próximo, una promoción, o simplemente un logotipo. La sencillez y la contundencia del mensaje son claves.
Los monopostes son soportes expuestos al público de manera permanente. Esto, sumado a que la vida actual de los ciudadanos conlleva una cierta rutina en sus desplazamientos, consigue que el contacto con el mensaje publicitario tenga lugar una y otra vez, fomentando el recuerdo de la publicidad, la compresión del mensaje y la familiaridad con la marca anunciada.
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